LA NUEVA CULTURA DEL CÓCTEL
Cómo una copa terminó convirtiéndose en una forma de hospitalidad, creatividad y conexión
Barcelona, 22 de Junio de 2026 / Redacción: Cristina Escudero
Hubo un tiempo en el que la coctelería pertenecía a los grandes hoteles, a las barras de madera pulida y a una cierta idea de sofisticación asociada a otra época y a otro ritmo. Aquellos cócteles clásicos que nacieron entre el Savoy de Londres, Harry's Bar en Venecia o los años de la Ley Seca en Estados Unidos formaban parte de un imaginario donde el ritual tenía tanta importancia como la propia bebida y donde la barra era un pequeño escenario sobre el que se desarrollaba una coreografía silenciosa de gestos precisos, conversaciones pausadas y una elegancia que parecía reservada a unos pocos.
Sin embargo, como sucede con todas las expresiones culturales capaces de adaptarse a su tiempo, la coctelería ha sabido reinventarse y ocupar un lugar inesperado dentro de la cultura contemporánea. Hoy vive uno de sus momentos más interesantes, impulsada por una generación que ha aprendido a valorar las experiencias, los detalles y una cierta forma de placer alejada del exceso y mucho más cercana a la emoción, la creatividad y el deseo de compartir.
Porque el cóctel ha dejado de ser una bebida para convertirse en un lenguaje.
Fotografía de @Fever-tree via @cocktailsperquesi
Fotografía via @auma.berlin
De los grandes hoteles a la cultura contemporánea
La historia del cóctel siempre ha sido también la historia de las ciudades y de las personas que las habitan. Desde las primeras mezclas hasta los bares clandestinos de los años veinte, las barras han funcionado como pequeños laboratorios donde la creatividad encontraba la manera de expresarse y donde los bartenders comenzaron a adquirir una dimensión cercana a la de los chefs o los perfumistas.
Hoy nombres como Simone Caporale, Monica Berg, Ryan Chetiyawardana o Ago Perrone han llevado la disciplina a un territorio donde la investigación, el producto y la sensibilidad estética dialogan con la gastronomía, el diseño y el arte. Sus barras se parecen cada vez más a estudios creativos donde los ingredientes se trabajan con la misma atención con la que un diseñador selecciona materiales o un arquitecto estudia la luz.
Quizás por eso las grandes coctelerías contemporáneas se han convertido en destinos en sí mismos. Lugares donde se conversa, se escucha música, se descubre una nueva forma de entender los aromas y donde el acto de beber adquiere una dimensión cultural que trasciende la copa.
Porque la barra, en realidad, siempre ha sido una pequeña arquitectura social.
Fotografía via @auma.berlin
Fotografía de @cocktailsperquesi
La generación que aprendió a beber imágenes.
Resulta difícil explicar el fenómeno actual de la coctelería sin detenerse en su dimensión visual. Mucho antes de que Instagram transformara la manera en que consumimos imágenes, las grandes barras ya habían entendido el poder de la puesta en escena. La cristalería, la transparencia del hielo, los reflejos de la luz sobre una superficie pulida, el movimiento del shaker, el humo, las texturas o el color han formado siempre parte de una escenografía cuidadosamente construida.
Pero las redes sociales han terminado por amplificar esa dimensión hasta convertirla en un fenómeno cultural. La generación Z y los millennials han crecido rodeados de imágenes y han aprendido a consumir experiencias a través de la estética. La coctelería ha sabido hablar ese lenguaje con naturalidad, construyendo una narrativa visual capaz de seducir antes incluso del primer sorbo.
La espectacularidad ha sido una puerta de entrada. Detrás de ella, sin embargo, han aparecido el producto, la técnica, la historia y la creatividad.
Algo parecido sucedió hace años con las cafeterías de especialidad. Un gesto cotidiano se transformó en un ritual y un producto pasó a formar parte de un estilo de vida. Hoy las barras se han convertido en uno de los nuevos lugares de encuentro para una generación que busca experiencias auténticas y espacios donde la conversación siga ocupando un lugar central.
Porque en una sociedad profundamente digitalizada, las personas continúan necesitando lugares donde encontrarse.
Y la barra sigue siendo uno de ellos.
Fotografías de @cocktailsperquesi
Fotografía de @cocktailsperquesi
La nueva generación del placer.
También la idea del lujo ha cambiado. La acumulación ha dejado paso a la experiencia y la sofisticación parece encontrarse cada vez más en el tiempo, en la atención y en los pequeños rituales capaces de transformar una noche cualquiera en un recuerdo.
La coctelería de autor encaja perfectamente en esta nueva sensibilidad. Hay algo profundamente atractivo en observar cómo alguien prepara una bebida pensada para una persona concreta, en esa conversación espontánea con quien está al otro lado de la barra y en la sensación de que durante unos minutos todo parece suceder a una velocidad distinta.
Quizás por eso el cóctel conecta tan bien con una generación que ha aprendido a valorar aquello que no puede repetirse exactamente igual dos veces como una conversación, una canción, un atardecer o una copa compartida.
La revolución tranquila de los cócteles sin alcohol.
Una de las transformaciones más interesantes de los últimos años ha llegado desde un lugar inesperado. Los cócteles sin alcohol han dejado de construirse desde la ausencia para empezar a hacerlo desde el deseo. Durante mucho tiempo parecieron existir únicamente como una alternativa para quienes no podían beber, pero la creatividad de una nueva generación de bartenders ha terminado por convertirlos en una categoría con identidad propia.
Destilados sin alcohol, kombuchas, fermentados, infusiones, cordiales, tés o técnicas heredadas de la cocina contemporánea han abierto un territorio prácticamente infinito donde la complejidad, la profundidad y la elegancia ya no dependen necesariamente del alcohol.
Lo verdaderamente interesante es que esta transformación habla de algo mucho más profundo. Habla de una generación que entiende el bienestar desde la libertad y no desde la renuncia. Personas que quieren disfrutar de la experiencia completa, que valoran la estética y el ritual y que han aprendido a relacionarse con el placer de una forma más consciente.
Porque el lujo contemporáneo ya no tiene tanto que ver con el exceso pero si con el poder de la elección.
Fotografía de @cocktailsperquesi
La creatividad también se bebe.
La coctelería contemporánea comparte territorio con disciplinas aparentemente lejanas como la perfumería, la cocina o la dirección de arte. Todas trabajan con emociones. Todas buscan despertar algo en quien las recibe.
Los grandes bartenders hablan de aromas con la misma precisión con la que un perfumista construye una fragancia y trabajan los colores, las texturas y las temperaturas con una sensibilidad cercana al diseño. Pero quizás lo más fascinante es que muchos de los grandes cócteles nacen de historias. Del recuerdo de un viaje, de un ingrediente descubierto en un mercado, de un paisaje mediterráneo o de una sobremesa familiar.
Por eso cada vez resulta más habitual encontrar colaboraciones entre bartenders, chefs, floristas, diseñadores o artistas. Porque todas esas disciplinas comparten una misma obsesión: provocar emociones.
La creatividad líquida se mueve en un territorio especialmente hermoso porque es efímera. Un cóctel existe durante unos minutos y desaparece. Y precisamente por eso posee algo profundamente humano. Se parece a una conversación, a una canción interpretada en directo o a la luz que entra por una ventana durante un instante concreto.
Quizás por eso ciertos sabores permanecen en la memoria del mismo modo en que recordamos un perfume, una persona o un viaje.
Cuando un evento se recuerda por lo que se bebe.
En una época donde las experiencias se han convertido en uno de los grandes lujos contemporáneos, la coctelería ha encontrado un lugar privilegiado dentro del universo de los eventos. Y no únicamente por la calidad del producto, sino por su extraordinaria capacidad para construir relatos.
Un cóctel puede convertirse en una prolongación del concepto creativo de una celebración. Puede inspirarse en una historia familiar, evocar un paisaje o incorporar colores que dialoguen con la identidad visual del evento. Los nombres se transforman en guiños íntimos y los aromas activan recuerdos capaces de permanecer mucho más allá del último brindis.
La barra deja entonces de ser un servicio para convertirse en una pieza de dirección de arte. En una escenografía líquida donde empiezan a suceder las conversaciones y donde las personas encuentran un lugar desde el que relacionarse.
Fotografía de Valentina Uribe para WHOSWHITE
Mauri Jiménez y la hospitalidad entendida como una forma de arte.
Dentro de esta nueva generación de creadores, Mauri Jiménez y el universo de Cocktails perquè sí representan una manera particularmente contemporánea de entender la hospitalidad. Porque lo que ocurre alrededor de sus barras tiene mucho menos que ver con servir bebidas y mucho más con construir atmósferas, acompañar historias y generar emociones.
Su mirada se mueve en un territorio donde la técnica convive con la sensibilidad y donde cada propuesta nace de escuchar. Escuchar a las personas, comprender el ritmo de un evento y entender qué energía necesita cada momento para convertirse en algo memorable.
Cada cóctel forma parte de una narrativa más amplia. Los ingredientes pueden hablar del origen de quienes celebran. Los colores y elementos dialogan con la identidad visual del evento. Los aromas evocan recuerdos y los nombres terminan convirtiéndose en pequeños guiños cargados de significado que ayudan a reforzar el concepto y a que el mensaje penetre en la memoria.
Via @whiteagency_barcelona x @cocktailsperquesi
Pero quizás lo más interesante de Cocktails perquè sí no se encuentra dentro de la copa. Se encuentra en todo lo que sucede alrededor.
En las conversaciones que nacen espontáneamente mientras alguien observa cómo se prepara una bebida. En los invitados que se acercan a la barra movidos por la curiosidad. En la manera en que las personas se relacionan, se conocen y terminan compartiendo un momento que, sin haber sido planeado, acaba formando parte de los recuerdos más bonitos de la celebración.
Porque Mauri Jiménez ha entendido algo que trasciende la técnica y el producto. Ha comprendido que las personas rara vez recuerdan exactamente qué bebieron pero sí recuerdan cómo se sintieron.
Y ahí es donde la coctelería deja de ser un servicio para convertirse en una forma de cuidar, de emocionar y de hacer sentir bien en una expresión de hospitalidad y de una forma de arte.
Fotografías de Valentina Uribe para WHOSWHITE
Quizás por eso la nueva cultura del cóctel no habla únicamente de bebidas sino de creatividad, comunidad y belleza.
Porque hay experiencias que se olvidan con facilidad y otras que permanecen asociadas a una música, a una luz determinada, al aroma de unos cítricos o al sonido del hielo chocando contra una copa. Y tal vez esa sea una de las formas más hermosas de la hospitalidad: aquella que consigue convertir un instante fugaz en algo digno de ser recordado.