Tocar está permitido

Una visita al universo de Elena Laverón, la artista que siempre defendió que las esculturas forman parte de la vida y no de la distancia.

 

Málaga, 15 de Junio de 2026 / Redacción: Alicia Luque

Hay encuentros que parecen fruto del azar hasta que el tiempo se encarga de darles sentido.

La primera vez que vi una obra de Elena Laverón no sabía que estaba delante de una de las escultoras más importantes de España. Tampoco imaginaba que, dos años después, acabaría sentada en su estudio escuchándola hablar sobre arte, sobre la vida y sobre esa extraña capacidad que tienen algunas personas para dejar huella mucho antes de que seamos conscientes de ello.

Pero empecemos por el principio.

Hace dos años Cristina Escudero y yo viajamos a Málaga por trabajo. Como suele ocurrir en nuestros proyectos, la agenda estaba llena y el tiempo parecía tener ya un destino asignado. Aun así, encontramos un momento para perdernos por la ciudad.

En uno de esos paseos entramos casi por casualidad en la Sociedad Económica de Amigos del País. No buscábamos nada en concreto, pero nos encontramos con una exposición que nos obligó a detenernos.

La firmaba Elena Laverón.

Recorrimos las salas juntas y, al terminar la visita, ocurrió algo aparentemente insignificante. A mí me había fascinado especialmente una escultura de un caballo. Mientras Cristina caminaba hacia la salida, pedí que me hicieran una fotografía sentada sobre ella.

Su reacción fue inmediata.

—¿Cómo te sientas encima de una escultura?

No supe qué responder.

La fotografía quedó guardada en el móvil y la historia pareció terminar allí.

O eso creíamos.

Fotografía de @cerezoenflor.studio

 

Fotografía de @cerezoenflor.studio

Algunas historias necesitan tiempo para revelar su verdadero significado.

Tiempo después, cuando organizamos en Málaga una mesa redonda que conectaba moda y artesanía, el nombre de Elena volvió a aparecer sobre la mesa.

Pensamos en invitarla.

Y fue entonces cuando empecé a leer más sobre su trabajo y su manera de entender el arte. Entre todo lo que descubrí, hubo una frase que me hizo volver inmediatamente a aquella fotografía.

Elena contaba que le encantaba que la gente interactuara con sus esculturas. Que las tocaran. Que las recorrieran. Incluso que se sentaran sobre ellas. Decía que así las limpiaban y les devolvían el brillo. Porque Elena Laverón nunca entendió el arte como algo distante. Durante décadas defendió exactamente lo contrario: que conviviera con las personas y formara parte de la vida cotidiana.

Lo mejor llegó después.

Cuando contactamos con ella, Elena declinó participar como ponente. Nos explicó, que las entrevistas y las intervenciones públicas la ponían un poco nerviosa.Pero, en cambio, nos hizo una invitación mucho más valiosa: nos invitó a visitarla en su estudio. Y aquello sí era una ocasión que no íbamos a desaprovechar. Le propusimos a Adrián de Cerezo en Flor, el fotógrafo que nos acompañaba en aquel proyecto que se sumara a la aventura, y nos dijo que sí enseguida. Así que, la tarde siguiente, nos subimos los tres a un taxi rumbo a las afueras de Málaga: Cristina, Adrián —autor de las fotografías que acompañan este artículo— y yo.

No sabíamos exactamente qué íbamos a encontrar. Pero los tres intuíamos que iba a merecer la pena.

Fotografía de @cerezoenflor.studio

Fotografía de @cerezoenflor.studio

Elena Laverón y el arte de habitar el mundo.

Fue ella misma quien nos abrió la puerta.

La sensación fue inmediata: aquella no era únicamente una vivienda. Era el universo creativo de una mujer construido a lo largo de toda una vida. La casa, rodeada de esculturas, desemboca en un estudio lleno de moldes, herramientas, bocetos y materiales. Allí resulta difícil distinguir dónde termina la vida y dónde empieza el arte.

Lo más fascinante, sin embargo, no era el espacio. Era escucharla. Ver a Elena explicar su trabajo era asistir a una conversación con más de seis décadas de experiencia. Nos guiaba entre maquetas, procesos y materiales con la naturalidad de quien lleva toda una vida dialogando con ellos.

Mientras recorríamos el taller entendimos mejor algunas de las claves de su obra.

Fotografías de @cerezoenflor.studio

 

En casa de Elena resulta imposible saber dónde termina la vida y dónde empieza el arte.

Sus esculturas nacen con vocación monumental. Muchas de sus maquetas están concebidas desde el principio para crecer y dialogar con el paisaje, la arquitectura y el espacio público. También comprendimos mejor uno de los rasgos más característicos de su lenguaje: el equilibrio entre volumen y vacío. En sus piezas, la materia es tan importante como el espacio que la atraviesa.

Nacida en Ceuta en 1938, formada en Barcelona y posteriormente en París junto al escultor Ossip Zadkine, Elena Laverón desarrolló una trayectoria internacional que la llevó mucho más allá de nuestras fronteras. Su obra forma parte de colecciones como las del Guggenheim Museum de Nueva York, la Hispanic Society of America, el Danforth Museum of Art de Massachusetts, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía o el Museo de Málaga. También puede encontrarse en numerosos espacios públicos de España y Estados Unidos.

Y, sin embargo, mientras la escuchábamos hablar, aparecía una pregunta inevitable.

¿Cómo es posible que una artista con una trayectoria así siga siendo una gran desconocida para tantas personas?

Quizá la respuesta tenga menos que ver con Elena que con la forma en que se ha contado la historia del arte durante décadas. Porque si algo comprendimos aquel día es que estábamos ante una de las grandes escultoras de nuestro país. Una mujer que desarrolló una carrera internacional en una época en la que el reconocimiento artístico seguía teniendo, en demasiadas ocasiones, nombre masculino.

Más que un currículum, Elena Laverón ha construido una vida dedicada a observar, crear y dejar huella.

A lo largo de su trayectoria ha recibido reconocimientos como el Premio Aristide Maillol del Instituto Francés o el nombramiento como Académica de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo. Distinciones que ayudan a entender la dimensión de una obra que, paradójicamente, sigue siendo desconocida para muchas personas.

También nos habló de la pintura.

Nos confesó que suele refugiarse en ella cuando necesita descansar de la escultura. No como una disciplina secundaria, sino como otro territorio creativo desde el que regresar después al volumen con una mirada renovada.

Uno de los momentos más emocionantes de la visita llegó cuando nos mostró varios álbumes donde conserva fotografías de sus obras repartidas por todo el mundo. Mientras pasaba las páginas entendimos que aquellas imágenes hablaban de mucho más que esculturas.

Hablaban de ciudades. De viajes. De encuentros. Y de una vida entera dedicada a crear.

Al día siguiente volvimos a encontrarnos con ella durante la mesa redonda. Antes de despedirnos, no pude evitar volver a pensar en aquella fotografía tomada dos años atrás. En aquella decisión impulsiva que me valió una bronca de Cristina y que entonces parecía una simple anécdota.

Pero ya no lo era.

Porque aquel día entendí con claridad que aquella tarde en Málaga no me había sentado sobre una escultura. Había entrado, sin saberlo y ya para siempre, en el universo de Elena Laverón.

Si has llegado hasta aquí, quizá también te apetezca escucharla y adentrarte, tú también en su estudio. Y puedes hacerlo aquí.


 

TE PUEDE INTERESAR

Si este tema y otros muchos de los que se nos cuestionan para el futuro de la industria nupcial te interesen, te preocupan, quieres aprender de mentes visionarias o simplemente quieres ser parte activa de toda esta revolución, te invito a que valores las ideas que te propongo a continuación.

EL EVENTO QUE NO TE PUEDES PERDER

EL CLUB EXCLUSIVO DE PROFESIONALES

 
Siguiente
Siguiente

Ecléctica.bcn o la belleza de las casas que invitan a quedarse