Qué tenían en común Salvador Dalí, Paco de Lucía y Felipe VI cada verano
Antes de conquistar la moda internacional, las alpargatas y las abarcas ya habían conquistado el Mediterráneo. Esta es la historia de dos iconos que nunca dejaron de caminar.
Barcelona, 2 de Julio de 2026 / Redacción: Cristina Escudero
Durante siglos fueron el calzado de campesinos, pescadores y artesanos. Hoy las alpargatas y las abarcas forman parte del imaginario del lujo mediterráneo y continúan conquistando a diseñadores, artistas y generaciones enteras que siguen encontrando en ellas una forma de entender el verano. Porque hay objetos que dejan de ser moda para convertirse en cultura.
Hay objetos que sobreviven al paso del tiempo con una naturalidad desconcertante. Cada verano aparecen nuevas sandalias, nuevos materiales y nuevas siluetas que prometen convertirse en la tendencia definitiva de la temporada. Las pasarelas anuncian el regreso de modelos que hace apenas unos años parecían olvidados y las redes sociales convierten cualquier zapato en un fenómeno global durante unas pocas semanas. Sin embargo, basta caminar por cualquier pueblo de Menorca, recorrer una calle empedrada de la Costa Brava o detenerse en una plaza de Andalucía para comprobar que los verdaderos protagonistas del verano llevan siglos prácticamente intactos.
Las abarcas menorquinas y las alpargatas nunca han necesitado reinventarse para seguir siendo contemporáneas. Quizá porque nunca fueron diseñadas para responder a una tendencia. Nacieron para resolver una necesidad mucho más sencilla y mucho más inteligente: caminar mejor bajo el sol del Mediterráneo. Resulta curioso pensar que dos de los grandes iconos del diseño español comenzaron siendo, en realidad, herramientas de trabajo. Mucho antes de ocupar escaparates de lujo o de aparecer en editoriales de moda, acompañaban a agricultores, pescadores y artesanos desde hacía siglos, demostrando que algunas de las mejores ideas nacen siempre de la observación del territorio y de la capacidad de adaptar los materiales que ofrece el paisaje a la vida cotidiana.
Foto vía Pwani Menorca cedida por la familia Casasnovas Benejam
Fotografía via Diegos
Cuando el calzado hablaba del paisaje
Existe una cierta ironía en comprobar que algunos de los objetos más sofisticados del verano europeo nacieran lejos de cualquier idea de sofisticación. La alpargata apareció hace siglos en distintos puntos de la península porque el esparto era abundante, resistente y permitía crear un calzado ligero, fresco y sorprendentemente duradero. En Menorca ocurrió algo parecido. Los campesinos necesitaban unas sandalias capaces de soportar las largas jornadas sobre caminos de piedra sin renunciar a la comodidad que exigían los veranos de la isla. Primero utilizaron cuero para las suelas y, con el tiempo, incorporaron caucho reciclado de neumáticos, descubriendo que ofrecía un agarre mucho mayor sobre terrenos irregulares. Lo que hoy podría parecer una decisión de diseño respondía entonces únicamente al sentido común.
Quizá por eso existe una conexión tan profunda entre este calzado y el paisaje mediterráneo. Resulta difícil imaginar unas abarcas lejos de los muros de piedra seca de Menorca, del olor de los pinos después de una tormenta de verano o de esas sobremesas interminables donde el tiempo parece avanzar con otra cadencia. Son objetos profundamente territoriales. No pertenecen únicamente a una industria. Pertenecen a una forma de vivir.
Hay recuerdos que consiguen explicar una cultura mejor que cualquier ensayo. Cuando pienso en los veranos de mi infancia en Menorca, hay un ritual que siempre vuelve a mi memoria. Cada Semana Santa, mucho antes de que llegaran las vacaciones, mis padres nos llevaban hasta un pequeño taller artesanal de Es Mercadal donde empezábamos a imaginar el verano que todavía estaba por llegar. Allí aprendí que unas abarcas no se compraban; se encargaban. Recuerdo las conversaciones con mi madre eligiendo el color de la piel, las sargas, las cintas, el tipo de acabado o el tono de la suela mientras esperábamos a que tomaran nuestras medidas. Aquel momento, aparentemente cotidiano, terminaba convirtiéndose en una de las partes más especiales de aquellas escapadas. Salíamos del taller con dos o tres pares que nos acompañarían durante todo el verano y, sin saberlo, también aprendíamos una forma muy distinta de relacionarnos con las cosas: comprar menos, elegir mejor y entender que aquello que estaba bien hecho podía acompañarte durante muchos años.
Quizá esa sea una de las razones por las que las abarcas y las alpargatas siguen resultando tan contemporáneas. Nunca aspiraron a ser un símbolo de estatus. Fueron diseñadas para durar, para acompañar la vida y para mejorar con el uso. Y esa honestidad, precisamente, es la que hoy vuelve a resultar extraordinariamente sofisticada.
El día que el Mediterráneo conquistó el armario del mundo
Resulta difícil entender la historia del estilo mediterráneo sin detenerse en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, cuando la Costa Brava, Menorca, Ibiza o Mallorca comenzaron a atraer a una generación de artistas, escritores, arquitectos y cineastas que buscaban mucho más que un destino de vacaciones. En realidad, buscaban una forma distinta de vivir. Frente a las grandes capitales europeas, el Mediterráneo ofrecía una libertad que no necesitaba demasiadas explicaciones. La luz, el ritmo pausado, la cercanía con la naturaleza y una elegancia completamente ajena a la rigidez de la moda urbana terminaron construyendo un imaginario que todavía hoy seguimos asociando al verano perfecto.
Y esa libertad también se vestía.
Salvador Dalí recorría Cadaqués con alpargatas del mismo modo que Paco de Lucía convirtió las abarcas en parte inseparable de sus veranos en Mallorca. Picasso también entendió muy pronto que la sencillez podía convertirse en una forma de sofisticación durante sus largas temporadas en el Mediterráneo, mientras que figuras como Grace Kelly o Jackie Kennedy encontraron en las costas españolas una elegancia mucho más relajada que la que ofrecían los grandes centros de la moda internacional. Décadas después, Felipe VI seguiría manteniendo esa misma tradición durante sus estancias en Baleares, consolidando una imagen que ya forma parte del imaginario colectivo del verano español.
Lo verdaderamente interesante es que ninguno de ellos eligió este calzado porque estuviera de moda. Lo eligieron porque pertenecía al lugar. Porque representaba una manera de entender el paisaje y la vida mucho antes de convertirse en un objeto de deseo. Quizá esa sea una de las grandes lecciones que deja el diseño mediterráneo. Los objetos más universales suelen ser aquellos que nunca renuncian a su identidad local.
Durante aquellos años, miles de turistas regresaron a sus países con unas abarcas o unas alpargatas en la maleta sin sospechar que estaban llevándose mucho más que un recuerdo de vacaciones. Se llevaban una pequeña parte de una cultura que entendía la belleza desde la sencillez, donde el lujo nunca había necesitado grandes artificios porque estaba presente en la calidad de los materiales, en el tiempo dedicado a fabricar cada pieza y en una forma de vivir que parecía inmune al paso de las modas.
Y quizá ahí empezó todo. Porque mucho antes de que el mundo hablara del Mediterranean lifestyle, España ya llevaba décadas exportándolo sin necesidad de ponerle un nombre.
Cuando Yves Saint Laurent descubrió que el lujo también podía llevar esparto
La reciente incorporación de Gemma Grau a la lista Forbes de las cincuenta mujeres más influyentes de Cataluña llega en un momento especialmente significativo. No tanto por el reconocimiento en sí, sino porque simboliza algo mucho más interesante.
La consolidación de una generación de mujeres que está transformando sectores históricamente masculinos sin reproducir sus códigos. Mujeres que han comprendido que liderar no consiste en parecerse a nadie, sino en aportar una sensibilidad propia.
Quizás por eso resulta inevitable pensar que las joyas siempre han entendido mejor a las mujeres que las mujeres a las joyas. O, al menos, que las mujeres siempre han sabido escuchar aquello que las joyas intentaban decir. Porque al final las piezas más valiosas rara vez son las más espectaculares. Son las que terminan formando parte de una vida, las que sobreviven a quienes las compraron, las que aparecen en las fotografías familiares.
Y quizás por eso la historia de Gemma Grau resulta tan contemporánea. Porque en un tiempo obsesionado con lo efímero, ella continúa trabajando con uno de los materiales más extraños y fascinantes que existen.
El tiempo.
Y la hermosa idea de que algunas cosas todavía pueden ser para siempre.
Desfile de Yves Saint Laurent, 1973.© WWD/Getty Images
Desfile de Yves Saint Laurent en 1973.© WWD/Getty Images
El verano español también se fabrica
Existe una conversación que apenas ocupa titulares y que, sin embargo, explica buena parte de la identidad del diseño español. Mientras muchas grandes firmas internacionales han trasladado su producción a distintos países buscando reducir costes, una parte importante del calzado que define el verano mediterráneo continúa fabricándose muy cerca del lugar donde nació.
Empresas como Toni Pons han conseguido llevar la alpargata artesanal a más de cincuenta países sin renunciar a los procesos que han definido su historia desde 1946. Lo mismo sucede con Castañer, RIA Menorca, Hereu, Naguisa, Mint & Rose o Homers, marcas que demuestran que la artesanía española no pertenece al pasado, sino que continúa dialogando con el diseño contemporáneo desde una extraordinaria naturalidad. Cada una ha interpretado el Mediterráneo desde un lenguaje propio, pero todas comparten una misma convicción: que el verdadero valor de un objeto no reside únicamente en su diseño, sino también en el conocimiento, el territorio y las personas que lo hacen posible.
Durante demasiado tiempo hemos asociado el lujo a nombres extranjeros capaces de construir un imaginario extraordinario alrededor de sus productos. Han sabido vender exclusividad, deseo y pertenencia con una maestría difícil de igualar. Sin embargo, quizá la gran conversación del lujo contemporáneo ya no tenga tanto que ver con el logotipo como con el origen. Cada vez resulta más habitual preguntarse quién ha fabricado aquello que llevamos, cuánto tiempo ha necesitado para existir, qué materiales lo componen y qué historia contiene. Es una manera distinta de consumir, pero también de mirar.
Y, curiosamente, España llevaba décadas respondiendo a esas preguntas mucho antes de que se convirtieran en tendencia.
El lujo de las cosas que nunca pasan de moda
Quizá por eso las alpargatas y las abarcas siguen resultando tan difíciles de sustituir. No porque sean inmunes a las tendencias, sino porque pertenecen a una categoría completamente distinta. Son de esos objetos que dejan de formar parte del calendario de la moda para convertirse en patrimonio cultural. Igual que una silla de Miguel Milá, una lámpara de Coderch o una botella de Anís del Mono forman parte del imaginario del diseño español, este calzado ha terminado convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del verano mediterráneo.
Resulta curioso comprobar que, mientras cada temporada aparecen nuevas sandalias llamadas a conquistar el mercado durante unos pocos meses, las abarcas y las alpargatas continúan regresando verano tras verano con la misma discreción con la que llevan haciéndolo desde hace siglos. Nunca han necesitado reinventarse porque nacieron desde la función y porque el tiempo ha terminado haciendo con ellas lo mismo que hace con los grandes diseños: eliminar todo aquello que resulta superfluo hasta dejar únicamente lo esencial.
Quizá esa sea la mayor lección que dejan estos dos iconos del diseño español. Que el verdadero lujo rara vez consiste en poseer aquello que nadie más tiene. Consiste en saber reconocer el valor de las cosas bien hechas, de los objetos capaces de acompañarnos durante años y de esas pequeñas piezas de artesanía que, casi sin hacer ruido, terminan formando parte de nuestra memoria.
Porque cuando uno se calza unas abarcas o unas alpargatas, en realidad está haciendo mucho más que elegir un zapato para el verano. Está caminando sobre siglos de oficio, sobre una forma de entender el Mediterráneo y sobre una cultura que convirtió la sencillez en una de sus mayores expresiones de elegancia.
Y quizá por eso Salvador Dalí, Paco de Lucía, Felipe VI y millones de personas que cada verano siguen llenando las calles de Menorca, Cadaqués o la Costa Brava terminaron encontrando en ellas exactamente lo mismo. No un símbolo de moda. Algo mucho más difícil de conseguir.
La sensación de que hay objetos que, cuanto más tiempo pasa, más sentido tienen.